jueves, abril 10, 2008

Con la mirada perdida. Televisión y autodestrucción simulada

Acoso moral televisivo, una apuesta por la victimología mediática

Jorge Alberto Hidalgo Toledo[1][2]

Abstract

La decodificación de la realidad por parte del individuo se realiza considerando la información que recibe de los siguientes generadores de contenido: familia, amigos, instituciones, sociedad en general y los medios de comunicación (en su gran mayoría de la televisión). Todos ellos interactúan mediante la emisión de referentes simbólicos que la persona habrá de interpretar, jerarquizar y valorar para darle un sentido a su realidad.

La decodificación de la carga de violencia mediática por parte del individuo tendrá que ver con la manera como suma todas estas variables. Así tenemos que el impacto global de Violencia mediática dependerá no sólo de la televisión, sino de las distintas cargas de violencia simbólica que reciba de su entorno.

La presente investigación pretende indagar bajo un modelo axiológico -semiológico- sistémico cómo se da esta interacción simbólica entre el individuo, los medios y el entorno y la manera como éste construye su realidad y cómo es que llega a establecerse una relación de acoso moral con la televisión.

Este acoso moral que no se percibe como violencia directa sino simbólica puede conseguir la destrucción de una vida, a través de mecanismos perversos y depredadores como la seducción, falta de respeto, insinuaciones, abuso de poder, destrucción de la autoestima, abuso narcisista y sexual, alusiones malintencionadas, mentiras, humillaciones y manipulación que pueden derivar en: insomnio, migraña, dolor de estómago, depresión, agresión a otros, autoagresión como consumo y abuso de alcohol y drogas, anorexia, bulimia, ortorexia o vigorexia y, en el peor de los casos, suicidio.

La afectación de la televisión en la vida de las personas –que pretendemos mostrar- no es directa sino resultado de un complejo círculo de relaciones simbólicas que llevan a los televidentes a corromper sus ejes referenciales y axiológicos hasta creer que su modo de acceder al mundo es auténtico, genuino y personal y no tanto producto de la voluntad externa de los generadores de contenido.

En los últimos años se han dado una serie de casos de “víctimas directas” de la televisión; se han registrado acciones violentas atribuidas a los medios masivos incluso llegando a forzar las afectaciones sin logar demostrar un impacto real y directo de la televisión sobre el espectador. Pese a la extensa documentación que existe, poco se habla del lado oscuro de la comunicación y el fenómeno de expansión de esta forma perversa, cotidiana, dominante y privada de violencia moral.

Quien hoy día es acosado moralmente por la televisión debe ser visto como víctima y en su caso, la mediatización acosadora debe estudiarse con la misma seriedad y profundidad como hoy día se analizan los procesos de victimización a nivel psicológico, moral, cultural y legal.

¿Hasta dónde somos conscientes de nuestra condición de agresores –como productores de contenidos comunicativos- y agredidos –como víctimas de este proceso de destrucción moral? ¿Podemos quedarnos con las manos cerradas cuando la sociedad está siendo afectada con víctimas mediáticas? ¿Estaremos dispuestos a asumir la complicidad de tan desviados comportamientos? En respuesta a estas interrogantes se han propuesto una serie de alternativas entre ellas la fórmula de equidad axiológica que insiste en una triada comunicativa (basada en un enfoque ético y personalista de autorregulación) e integrada por: la responsabilidad creativa, la mediación ética y la educación para la recepción.

Introducción

Hoy día los medios de comunicación han ampliado su función informativa y de divertimento para pasar a ser, por un lado, educadores y formadores de ideas y creencias; y por otro, los principales difusores de tradiciones, costumbres, estilos de vida, pautas de conducta e intercambio de valores. Tal es su influencia que podemos afirmar que los medios de comunicación están configurando junto (o en ausencia) de la familia, las instituciones, el Estado y la Religión, el significado de la experiencia y la existencia humana. Este patrón de significados transmitidos por formas simbólicas mediatizadas es lo que está dando sentido a un sinnúmero de vidas y por ende, configurando una civilización signocrática.

En este sentido, comunicar se ha vuelto un hacer empatía simbólica con el espectador para que éste le dé un sentido: a) Referencial (relacionado con la realidad exterior y objetiva), b) Emotivo (centrado en el mundo afectivo); c) Apelativo (vinculado con el deber hacer o lo que se desea que se haga); d) Fáctico (interrelacionado al nivel de contacto); o e) Poético (íntimamente ligado al estadio estético de los significantes y significados empleados para decodificar el mundo) a su vida (Hidalgo, Baran, 2005: 12).

La conciencia, la comprensión y el conocimiento del mundo por parte de la persona depende en gran parte de su grado de predisposición, su exposición, percepción, memorización selectiva y de la potencia efectiva de la televisión.

Nuestro modo de proceder en el ámbito social está guiado y configurado por presiones culturales, mediáticas y familiares; de hecho, los símbolos culturales son aprendidos a través de la interacción y después intervienen en dicha interacción dando significado a las cosas y posteriormente, el mismo significado controla el comportamiento (Hidalgo, Baran, 2005: 636-640). Con ello podemos afirmar que la experiencia de la realidad es una elaboración social continua en la que la comunicación se torna un comportamiento simbólico a varios niveles de intercambio de valores y significados. Dichos significados simbólicos son negociados por los participantes de la cultura y en muchos casos, como es el que nos concierne, terminan siendo tan poderosos como para construir y mantener una realidad uniforme (homogenización de la realidad y estabilización de patrones sociales); imponer modelos de belleza, roles sexuales, religiosos y procesos jurídicos; o para seducir perversamente y generar acoso moral y violencia manifiesta. Enrique Lynch nos dice con relación al proceso de emulación de la visión: “Más que una copia de la realidad, se trata de una construcción” (Lynch, 2000: 50) lo que hace nuestra mente; y ello es el engaño.

La construcción simbólica de la violencia

Mucho se ha estudiado la relación entre las presentaciones de los medios de la violencia y el comportamiento agresivo subsecuente. Entre los motivos están los contenidos agresivos en la televisión y el repunte en la violencia real que ha venido experimentando México en los últimos años.

Según el informe presentado por el INEGI en el área de Estadísticas Judiciales en Materia Penal, en los últimos nueve años se ha dado un incremento de poco más del 15 por ciento en actividades delictivas registradas en los juzgados de primera instancia del fuero común en los que participaron más de 1,262,296 delincuentes (1,127,608 hombres y 134,643 mujeres) (Ver Cuadro 1).

Cuadro 1

Casi al mismo tiempo, la televisión se consolidó como el medio de masas dominante del país. Según reportaba el investigador mexicano Carlos Gómez Palacio en su libro Comunicación y Educación en la era digital, la televisión había alcanzado para 1998, un nivel de penetración del 87 por ciento en áreas rurales y 97 en zonas urbanas siendo considerada por los mexicanos como el medio más creíble. En los hogares mexicanos existían 1.8 televisores en promedio. La clase alta registraban 3 televisores y las clases bajas llegaban a tener 1.3 televisores. El 86 por ciento de los telehogares poseía equipos a color; 80 por ciento hacía uso de equipos con control remoto. El 85 por ciento de los televisores se podían encontrar en la recámara principal, sala y recámara de los niños. Los géneros televisivos de mayor rating eran las películas, las telenovelas, deportivos, magazines, informativos sensacionalistas, cómicos, musicales, noticiarios, programas de concurso y series americanas (Gómez Palacio, 1998: 88-94).

En 2004, Sergio González Rodríguez realizó un estudio similar para el Departamento de Investigación del periódico Reforma en el que encontró que el 80 por ciento de las personas entrevistadas ven dos horas 23 minutos de televisión todos los días, en su mayoría, reality shows, parodias y programas violentos (Hidalgo, Baran: 50-51).

Haciendo una rápida revisión de la oferta televisiva actual podemos encontrar que la violencia mediática cada vez se hace más gráfica, más compleja, más simbólica y más difícil de determinar en cuanto al tipo de impacto directo que tiene en el espectador.

Quizá por ello nos es tan comprometido establecer -como en las décadas anteriores- que cierta violencia en los medios afecta a ciertas personas en cierta forma durante cierto tiempo.

La perspectiva de transmisión de la comunicación (que insistía en un efecto tipo estímulo respuesta) y el paradigma de los efectos limitados se ha quedado corta para esclarecer la relación causal directa entre la violencia televisada y el comportamiento antisocial; así como la idea de que ver violencia en la televisión induce el comportamiento agresivo innato en las personas.

En su momento (1965) Albert Bandura demostró a través de algunos experimentos de laboratorio una relación causal directa entre el contenido violento y el comportamiento agresivo (modelo de estimulación). De ahí que su posterior modelo de las claves agresivas mantuviera la idea de que los mensajes televisivos podían sugerir que ciertas clases de personas, por ejemplo mujeres, niños o extranjeros, fueran objetivos aceptables para la agresión del mundo real, incrementando, por tanto, la probabilidad de que algunas personas reaccionaran con violencia hacia personas de estos grupos.

Tanto el modelo de las claves agresivas como el de estimulación se basan en la teoría de aprendizaje social. Esta última teoría ofreció una explicación científica para la investigación que sí demostró una disminución en la agresión después de ver violencia. Este fenómeno se explicó no por el poder catártico de la televisión sino por sus efectos inhibitorios. Es decir, si la agresión se presenta en un programa como castigada o prohibida, de hecho puede orillar a la menor probabilidad de que se modele ese comportamiento.

La teoría de aprendizaje social también introdujo el concepto de reforzamiento vicario, que es la idea de que el reforzamiento observado opera simbólica y referencialmente del mismo modo que el reforzamiento real. Es decir, ver por la televisión que castigan al personaje malo es suficiente para inhibir una agresión subsecuente por parte del televidente. Por desgracia también se descubrió que cuando se castiga a los malos, lo hacen hombres buenos que suelen emplear actitudes agresivas. La consecuencia de ello es que cuando los medios presentan el castigo a un comportamiento agresivo, están reforzando esa misma conducta negativa.

Otro concepto importante a considerar como aportación es el de incentivos ambientales, que es la noción de que los estímulos sociales pueden provocar que los televidentes ignoren el reforzamiento vicario negativo que aprendieron a relacionar con un comportamiento determinado. Esto es: al mismo tiempo que se observa y aprende, los observadores también aprenden a no hacerlo. Cuando el mundo real ofrece una recompensa suficiente, se puede demostrar el comportamiento que se aprendió originalmente.

Aunado a estos descubrimientos, los investigadores seguidores de Bandura encontraron que no necesariamente aquellas personas predispuestas a la violencia sean más influenciables por la agresión de los medios pues en cualquier momento esta disposición puede ser encendida en algún espectador. No obstante, las personas que cargan cierto grado de frustración previamente a su exposición a la violencia en los medios, pueden tener mayores probabilidades de tener un comportamiento agresivo posterior.

Después de esta rápida revisión conceptual vinculada con la interacción simbólica, la construcción simbólica social y la violencia, vuelven las preguntas obligadas que mueven este texto: ¿quiénes son los afectados por la violencia de la televisión?, ¿es posible que exista un grupo de personas que han sido afectadas indirectamente por la televisión?, ¿de qué manera se establecería hoy día dicha relación entre agresión, televisión y espectador?, la desensibilización emocional hacia la violencia por la cantidad de estímulos sociales ¿es la razón por la cual nos cuesta tanto trabajo medir y controlar?

La interacción simbólica de la violencia: maltrato Psicológico y acoso moral

Hace algunos años se desarrolló en Estados Unidos una disciplina denominada Victimología dedicada a: analizar las razones que llevan a las personas a convertirse en víctimas; cuáles fueron los proceso de victimización; las consecuencias en las víctimas; y, los derechos a los que se aspiran. En 1994, se retomó en Francia esta disciplina propia de la criminología y se empezaron a desarrollar cursos de formación y análisis para entender con ello cómo es que una personas puede conseguir destruir a otro, ya sea a través de: violencia directa, manipulación perversa, tortura moral, humillación, manipulación malévola, mentira, falta de respeto, abuso narcisista, perdida de autoestima y asesinato psíquico.

Entre los principales autores de esta tendencia teórica, psiquiátrica y terapeútica encontramos a Marie-France Hirigoyen quien ha trabajado el análisis de las secuelas psíquicas de las personas que han sido víctimas de agresiones en tres ámbitos: pareja, familia y empresa. En su área de investigación, Hirigoyen encontró un patrón conductual que clasificó como Acoso moral. Esta categoría que para Hirigoyen define un tipo psicológico enfermizo, le ha permitido entender: 1) el desplazamiento de la violencia perversa en la vida cotidiana; 2) cómo se establece la relación entre los protagonistas de la violencia; y 3) las consecuencias que tiene para la víctima.

El trabajo de Hirigoyen y el enfoque criminalístico pueden ser de gran utilidad para los que nos encontramos desarrollando investigación de los efectos de los medios de comunicación, ya que al vincularlo con la teoría de la interacción simbólica y el enfoque sistémico nos sugiere: 1) pensar en la necesidad de gestar un área de investigación denominada Victimología mediática que indague en la etiología del fenómeno; 2) retomar el patrón conductual del acosador moral y ver en qué medida la televisión cumple con este perfil de victimario; 3) desarrollar un modelo sistémico que permita entender cómo, a través de un proceso de interacción simbólica, los generadores de contenido y la televisión establecen una relación de seducción, comunicación y violencia perversa trazando con ello una iconósfera de la violencia que termina afectando de modo indirecto al telespectador; 4) entender en qué medida el contexto sociocultural, las instituciones y la construcción social simbólica establecen aparentes límites y círculos de relaciones de acoso moral; y 5) proponer una serie alternativas de axiología y responsabilidad mediática para ayudar a las víctimas del acoso mediático.

Televisión y acoso moral

En el menú casuístico de la violencia televisiva y los actos violentos registrados, podemos encontrar desde los estudios de perspectiva de la víctima hasta la simple tabulación de lesiones físicas y agresión. En su momento, fueron sujeto de análisis tanto la televisión, los contenidos televisivos, como los espectadores bajo las perspectivas teóricas de disciplinas como la psicología, la antropología, la sociología e incluso el derecho. Por nuestro interés centrado en la interacción simbólica y la construcción sígnica de la realidad, nos ha parecido interesante recontextualizar la aportación de Hirigoyen en el campo de la semiótica visual y ver si es a través de esta categoría conceptual que podemos encontrar el modus operandi del puente simbólico que se tiende entre el generador de contenido, el mensaje televisivo y el espectador. Esto pensado ya que al igual que entre las parejas, entre el contenido televisivo y el sujeto también se puede establecer una relación perversa en dos fases: seducción-manipulación perversa y violencia manifiesta.

La primera etapa sería de preparación y confianza. Siguiendo la lógica de Hirigoyen, la televisión, con sus contenidos, atrae de manera irresistible y poco a poco va corrompiendo y sobornando al espectador falseando la realidad y mostrando una serie de símbolos sugerentes de manera secreta o velada en cada una de las escenas. Esta interacción no es frontal, ya que este fluir simbólico se logra cuando capta el deseo y la admiración apoyándose en los instintos del espectador. La televisión busca por naturaleza misma de su lenguaje, fascinar sin ser descubierta. Jean Baudrillard decía que “la seducción conjura la realidad y manipula las apariencias” (citado en Hirigoyen, 1999: 80).

Entre el espectador y el mensaje se establece un ritual sígnico que bajo el efecto seductor confunde, borra los límites de la realidad, aliena, lleva a idealizar, apasiona, bloquea los defectos y desdibuja los efectos de las acciones tomadas después del consumo televisivo. Esta seducción no busca la complementariedad y fusión posterior entre medio-sujeto; sino que al igual que el seductor perverso, conduce al receptor, sin posibilidad de argumentar, a comportarse de un modo diferente a lo que haría de manera libre y voluntaria. Por ejemplo, las personas saben que la gran mayoría de las dietas chatarra que anuncian en la televisión dañan la salud, sin embargo, según reportó en su artículo L. M. Kirk, 81 por ciento de las niñas de 10 años tienen miedo a ser gordas y 42 por ciento de las pequeñas de primero a tercer grado “quieren ser más delgadas” cuando sean grandes (Hidalgo, Baran: 21) y serían capaces de practicar cualquier dieta con tal de encontrarse dentro de la “norma” cultural de esbeltez y belleza que promueve la televisión.

La seducción perversa hace creer al televidente que es libre. Sin embargo, todo es un timo, un engaño, una mentira. El sentido crítico, si se carece de una alfabetividad visual o una formación para la recepción, se anula influyendo en gran mediada en el aspecto intelectual, axiológico y moral. Cuando la televisión seduce y establece esta relación perversa, se apropia de la mente de la víctima-espectador y su dominación puede ser en tres niveles:

1. “una acción de apropiación mediante su desposeimiento personal;

2. una acción de dominación que mantiene al otro (espectador) en un estado de sumisión y dependencia;

3. Una acción de discriminación que pretende marcar al otro (al que no responde al modelo o estándar conductual propuesto)” (Hirigoyen: 81).

Esta dominación está cargada de componentes negativos pues se pierde la capacidad de resistencia, la crítica, el margen de tolerancia e insensibilidad se amplía, se adquiere una visión utilitaria, los otros son cosificados y el espectador se vuelve más dócil. La seducción perversa que establece el acosador moral no destruye de modo inmediato, la sumisión a la televisión es lenta ya que el fin es tener al espectador a su disposición mientras le sea útil. Caso típico son los anuncios de cerveza en los que no se dice directamente “tome cerveza X” sino que el mensaje que transmiten es de tipo ritual dando la impresión simbólica de que no es posible divertirse en una sociedad sin alcohol y que necesariamente las personas bellas y atractivas están vinculadas con este tipo de práctica social.

Los efectos de esta seducción se pueden percibir por un lado en los cambios de personalidad ya que la víctima televisiva empezará a manifestarse temerosa, insegura, dependiente, desequilibrada psicológica y moralmente, quejumbrosa, negativa y con una valoración personal muy baja; por otro, en cambios conductuales que tienden a la anorexia, bulimia, ortorexia, vigorexia, consumismo, hedonismo, relativismo, materialismo, violencia social, física y sicológica, así como a la automutilación, agresión y suicidio.

El proceso de seducción perverso se logra gracias a que el nivel de comunicación en el que se mueve esta televisión acosadora moralmente es en la paradoja, la mentira, el sarcasmo, la burla, el desprecio, la difamación y el engaño. Además, el tipo de acoso moral de la televisión dependerá del género explorado y su lenguaje particular: noticiarios, talk show, reality show, comedia de situación, programa infantil, juvenil, musical, deportivo o chismes de la farándula.

Prueba de esta interacción y seducción perversa tenemos algunos casos recientes. El 26 de enero de 2000, el New York Times informó el caso de Lionel Tate, un niño de 12 años que había sido declarado culpable de homicidio en primer grado por el asesinato de la niña Tiffany Eunick a quien arrojó contra una mesa un año antes (julio de 1999) emulando una sesión de lucha libre que había visto en la televisión. Ese mismo año el periódico británico The Telegraph reportó cuatro muertes más de pequeños que habían imitado violencia televisiva (Zenit, 2001).

¿Cómo es que se hace posible este desdoblamiento entre la imagen y la realidad?, ¿podemos hablar de conductas teledirigidas?, ¿en qué grado puede la televisión administrar o estimular nuestros comportamientos desordenados? Furio Colombo, en sus reflexiones sobre los efectos imprevistos de la televisión nos dice que entre lo real y lo irreal se produce una confusión, un efecto de distorsión mental ya que la trampa seductora se da cuando la televisión busca crear un puente de “valores comunes” para que así seamos protagonistas de una ficción en la que todo aparece magnificado dando la impresión de que el suceso narrado es el centro del mundo y nosotros la frontera (1983: 37-51).

Ahora bien, el terreno de confrontación mental donde ocurre esta confusión expuesta tanto por Colombo como Hirigoyen es el lenguaje, pues el dominio es posible ya que transpira a través de las insinuaciones y la manipulación. Esta comunicación perversa es indirecta y utilitaria. Alfonso López Quintás, añade que además es reduccionista y objetiviza a la persona ya que domina sus apetencias y la hace incapaz de elegir en virtud del ideal y sentido que tenía su vida. La televisión, como hemos dicho, embriaga y seduce, impide tomar distancia para percibir los riesgos. En pocas palabras, “nos quiere vencer sin convencernos” (2001).

La imagen es encantadora al grado de deformar el lenguaje, su mensaje es voluntariamente vago, impreciso y confuso. Por un lado son figuras bellas, exóticas y placenteras; por otro lado, son puntos suspensivos abiertos a la interpretación y al malentendido. La atracción de las imágenes está más en la forma que en el fondo; su dominio técnico, abstracto impresiona por su aparente erudición superficial y su dogmatismo iconográfico. Sin embargo, sus insinuaciones silenciosas que nos dicen sin decir, son falsificaciones de la verdad. La televisión se ha convertido en un perverso narcisista que niega la totalidad de las persona, se burla de todo; la ironía y sarcasmo con que establece vínculos afectivos con el espectador, en realidad son máscaras para ocultar las calumnias, mentiras y difamaciones que hace.

Esta forma astuta y oblicua de influir sobre la voluntad, termina por desestabilizar al espectador pues como dice Hirigoyen: “se burla de nuestras convicciones; nos ridiculiza en público; nos ofende delante del mundo; nos priva de cualquier posibilidad de expresión; hace guasa de nuestros puntos débiles; hace alusiones desagradables, sin llegar a aclararlas nunca; pone en tela de juicio nuestras capacidades de juicio y de decisión” (Hirigoyen: 93).

Cuando la televisión manipula nuestras acciones conductuales, ideológicas y morales, nos debilita, humilla, desquicia, desestabiliza, en pocas palabras, nos destruye.

La descalificación que produce la televisión perversa en el telespectador termina por hundirlo, pero paradójicamente la lleva a revalorizarse como el “medio de medios”.

La víctima mediática hasta el momento no es consciente de que hay violencia directa ni mucho menos indirecta. Como los niños del ejemplo citado. La manipulación en ellos fue tan sutil, subterránea y subcutánea, que jamás dieron cuenta que habían sido sometidos por un tirano que los estaba dominando a su voluntad. De ahí que los generadores de contenido de la televisión argumenten en su defensa que los culpables fueron los niños, ya que actuaron de manera libre y voluntaria y que si respondieron de manera agresiva fue por la mala educación que dieron sus padres y no por lo que vieron en la televisión.

La violencia perversa que ejerce el acosador moral, se ha vuelto, como decíamos, cada vez más indirecta, simbólica y sugestiva. Esta puede ir de la violencia contra la persona (atacando la dignidad y condición natural de hombre y mujer promoviendo la ambigüedad sexual, la homosexualidad, el machismo, el feminismo radical, el mal gusto, la degradación, la vulgaridad); contra la familia (dando golpes bajos a su institucionalidad natural, promoviendo el aborto, el divorcio, la unión libre, la promiscuidad sexual, la conciencia anticonceptiva, la esterilización, la eutanasia, el suicidio asistido); contra la fe (induciendo al fanatismo, al sectarismo, la blasfemia, el anticlericalismo, el desprecio contra las concepciones religiosas y el exclusivismo religioso); contra la convivencia filial (promoviendo la envidia, la codicia, la avidez, el resentimiento, la tensión, el odio); contra la salud (promoviendo el consumo de drogas legales e ilegales, la vida al extremo, estándares de moda y belleza que derivan en la anorexia, la bulimia, la ortorexia, la vigorexia) y contra la sociedad (el fomento de la rebeldía, los actos violentos, la hostilidad, el conflicto, la inseguridad, el racismo, el clasismo, la xenofobia, los atentados contra la autoridad, la inhibición de la justicia, la solidaridad y la búsqueda del bien común).

La violencia que ejerce la televisión como acosador moral es fría, verbal, sígnica, icónica y se construye partiendo de la denigración, la hostilidad, la señalización de condescendencia y ofensa, las amenazas indirectas (“si no tienes no eres”) y las veladas (“quien no bebe no se divierte”), el chantaje, el desplazamiento o la exclusión visual, induciendo al sufrimiento y la frustración (Hirigoyen: 101-107).

Ahora bien, ¿qué tipo de comportamientos manifestará la víctima del acoso moral? La gama de comportamientos según la Academia Americana de Psiquiatría Infantil y Juvenil pueden ir de los “explosivos arrebatos de ira, agresión física, peleas, amenazas, intentos de herir a otros, pensamientos homicidas, uso de armas de fuego, crueldad hacia los animales, encender fuego, destrucción intencional de la propiedad y el vandalismo” (1998).

La iconósfera de la violencia y la nueva significación social

¿Es la televisión un acosador solitario?, ¿es posible intentar acabar con la violencia mediática sin hacer algo en el ámbito familiar, institucional y social?, ¿hasta dónde la rutina del consumo televisivo se entremezcla con la violencia social y familiar generando lazos de complicidad simbólica?

Lorenzo Vilches nos comparte en su texto La televisión, los efectos del bien y del mal, un estudio realizado por el Surgeon General United Status Public Health Service, en el que se demuestra cómo es que la violencia social y la televisiva no pueden separarse (1993: 41); pues los valores, puntos de vista y expectativas que son emitidos a través de los contenidos televisivos son aquellos que desean difundir los generadores de contenido (productores, guionistas, dueños de canales y cadenas, jefes de información). Estos generadores de contenido, toman del ambiente social, económico, político e ideológico los conceptos base que transmiten con la intención de afectar para bien o para mal, el desarrollo de la personalidad, los procesos de socialización, las respuestas emocionales y físicas del espectador (Esquema 1, 2).

Esquema 1



Socialización axiológica

Esquema 2



Cadena de legitimación de la violencia

Así tenemos que existe una cadena de legitimación y producción de la violencia en la que intervienen los productores de valores o antivalores sociales, los generadores de contenidos, la televisión, las instituciones formales e informales, la familia y el receptor. Entre todos ellos hay interacción y afectación continua lo que da una dimensión sociopolítica-cultural-económica-institucional y mediática a la violencia. Por ello es muy importante ver que el concepto de acoso moral simbólico nos hace más amplio el concepto de afectación. Esta afirmación coincide con lo descubierto y reportado por George Gebner:

“La violencia connota una gran variedad de violaciones mentales y físicas, emociones, injusticias y transgresiones de las normas sociales y morales. En este estudio, la violencia fue definida en su estricto sentido físico como un árbitro del poder. Los analistas estaban instruidos para registrar como violenta sólo <>. La expresión de injurias o de fuerza letal ha sido tratada como real en los términos simbólicos del drama. El humor y la violencia absurda han sido tratados como reales, aun cuando tenían un presumible efecto cómico. Pero las amenazas vacías, el abuso verbal o los gestos cómicos sin consecuencias reales no se consideraron violentos. El agente de violencia puede ser todo tipo de criatura, y el acto puede aparecer como accidental o intencional. Todos los caracteres sirven a los objetivos humanos en el reino de lo simbólico, y los accidentes o las causas naturales sólo ocurren en el contexto de la ficción” (citado en Vilches, 1993: 43).

Este proceso es lo que en psicología se entiende por socialización, es decir, la “internalización de los valores y de las pautas de conducta de la sociedad, en la cual vive y se desarrolla el individuo, los medios de comunicación” (Pérez, 1996: 83). Todos estos agentes socializadores afectan y modifican la conducta del receptor. Lo que parecería una construcción compartida de sentido, habría que cuestionarla como una imposición, manipulación, resemantización y recomposición sintáctica y pragmática según los intereses del acosador moral.

Con ello en mente, establezco un modelo Sistémico de victimización mediática para proponer una Victimología mediática que estudie no sólo a la televisión como acosadora moral sino todo el contexto con el que interactúan las victimas televisivas para ver cómo se da la interacción simbólica axiológica, la resemantización, recomposición y refuncionalización entre todos los involucrados. (Esquema 3).

Esquema 3



Modelo sistémico de victimización mediática

Si quisiéramos generar un coeficiente de violencia mediática simbólica tendríamos que sumar la carga de interacción simbólica de violencia que recibe el receptor en el ámbito social, institucional, familiar y afectivo para dividirlo entre la suma de elementos que dan forma mediática al receptor (valores sociales del lugar de residencia, composición familiar, clase social, tiempo de vida, tiempo de exposición al medio, tipo de exposición al medio, actitud receptiva y grado de interactividad con el medio).

Esto lo podríamos esquematizar bajo la siguiente fórmula:

La carga simbólica total nos daría el ambiente de significación que el receptor tiene para la comprensión de cómo el medio integra, discrimina, media y enjuicia los valores y antivalores y produce con ellos contenidos que representan o deforman la realidad favoreciendo su desarrollo o promoviendo en él roles y representaciones éticas, antiéticas o inhumanas.

Bajo esta perspectiva, lo que se desea ejemplificar es cómo la acumulación de carga simbólica de violencia que recibe una persona a través del acoso moral por parte de todos los entornos con los que interactúa, puede manifestarse en varias modalidades:

  1. En lo personal:
    • Física: Golpe, automutilación, anorexia, bulimia, vigorexia, ortorexia y sexual
    • Psicológica: baja autoestima, tristeza, depresión, soledad, suicidio, negligencia, hostilidad
  2. En lo interpersonal: agresión física, agresión psicológica, humillación, racismo, segregación, acoso y abuso sexual
  3. En lo social: robo, vandalismo, asesinato y guerra.

Además de estas variables tenemos que todo acto de agresión, contra uno mismo, que pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para satisfacer una necesidad o presión emocional y afectiva, también es producido de manera indirecta por agentes externos como el alcohol, el cigarro, anabólicos, esteroides, consumo de medicamentes, las drogas, los deportes de alto riesgo y el exceso de velocidad; y de manera directa por la propia persona.

Victimización mediática

Si a la complejidad de esta interacción simbólica basada en el acoso moral le sumamos las desgarradoras cifras registradas por el investigador mexicano Raúl Trejo Delarbe que afirma que un joven ha visto antes de cumplir 18 años, en Estados Unidos, cerca de 200 mil actos de violencia, 16 mil de ellos asesinatos el panorama se vuelve desesperanzador. Según detalla el panorama mediático Trejo Delarbe, a lo largo de su texto, es urgente tomar cartas en el asunto:

La Asociación de Psicología de los Estados Unidos, informó que al concluir la escuela primaria un niño ha visto en televisión 8 mil asesinatos y 100 mil actos de violencia. En Venezuela, se estima que al llegar a los 18 años un joven ha presenciado más de 113 mil 500 heridos y muertos, 65,000 escenas bélicas y 8,763 suicidios. En México se calcula que los niños, en promedio han sido expuestos a 8 mil asesinatos y 100 mil acciones violentas en la televisión, al momento de terminar su educación primaria. En las caricaturas, hay entre 20 y 25 incidentes violentos cada hora. En los horarios de mayor audiencia se ven 8 actos de violencia por hora en las tres principales cadenas. De las series extranjeras que programa la televisión mexicana, el 56 por ciento son de carácter violento” (Trejo Delarbe, 1997).

A esto habría que anexar que desde 1969 algunos analistas ya habían demostrado que: “a) el contenido de la televisión se encuentra altamente saturado de violencia; b) los niños y los adultos dedican cada vez un mayor número de horas a ver televisión, y en concreto, pasan cada vez más tiempo viendo programas de contenido violento; c) existen evidencias de que viendo programas de contenido violento se incrementan las probabilidades de que los receptores se comporten de manera agresiva” (García Galera, 2000: 13).

De acuerdo a estos números, los niños y jóvenes del mundo están interactuando simbólicamente con tal cantidad de mensajes explícitamente violentos que podríamos afirmar que su experiencia está densamente cargada de significados y valores muy alejados de modelos y símbolos positivos de comportamiento. ¿Qué tipo de validez y uso le darán a esa información consumida?, ¿reproducirán el mismo rol de acoso moral estos niños en su entorno familiar y social?, ¿será esta cadena de experimentación simbólica de la violencia, la que está haciendo que cada vez sea menos frontal nuestro acercamiento mediático?

No cabe duda que la violencia se ha vuelto omnipresente. Al ser prácticamente un hilo argumental de la existencia de todo joven, pareciera que día a día va borrando las gradaciones morales de las siguientes generaciones. El relato existencial de los niños está fracturado y puntuado por una mediación carnicera y deshumanizada. Nietzsche decía: “El mundo verdadero, al final, se ha convertido en fábula” (citado en Pérez: 83). Una fábula del mundo que magnifica la violencia, la delincuencia, el narcotráfico, el terrorismo, las acciones criminales, haciendo apología de lo perverso y espectacularización de la ilegalidad. “Y lo más curioso de esta nueva forma de espectáculo es su efecto sobre la constitución misma de lo real. Trasladado al medio televisivo, lo real se desveliza y se convierte en una simulación virtual que, como ha transformado radicalmente nuestro modo de ver y de estar en el mundo, no por ello deja de ser real. El medio produce una nueva forma de realidad y por eso mismo, suscita una nueva manera de relacionarnos con ella” (Lynch: 68).

El espacio imaginario en el que solía habitar (la televisión) ya no es el territorio de batalla ni nuestro cuerpo la frontera; la regla del enfrentamiento es que ya no hay regla. El código se ha violentado, ya no hay violencia en estado natural, cada vez es más abstracta, autosuficiente a tal grado de que no nos lleva a pensar en nada. Tal es el exceso y tan profunda es la trampa que “imagen y violencia ahora son sinónimos” (Mongin, 1999: 33).

Nos hemos instalado a tal grado en la violencia que los porcentajes por muerte violenta y sus números no sorprenden; pensar tan sólo que en promedio en los últimos 13 años la media es de 11 por ciento de muertes violentas con relación al total de defunciones del país y que el porcentaje correspondiente a suicidios se ha duplicado en un lapso menor a 10 años, registrándose anualmente una cantidad promedio de 3,200 en la República Mexicana. (Cuadro 2 y 3).

Sin lugar a dudas, la violencia es un grave problema de salud pública ya que va más allá de las simples agresiones y lesiones; estamos hablando de un atentado, de un proceso de autodestrucción de la especie humana.

El círculo de la violencia hoy se ha vuelto un remolino que se está apoderando de la sociedad entera, su exceso de acumulación y simulacro es aplastante. La violencia ya no se muestra únicamente, también se recicla (violencia urbana, mediática, médica, bélica, de banda, entre países, por droga, sexual, comunitaria, interracial, cultural, contra uno mismo, contra los demás); por ello cuesta interrumpir ese flujo que nos mueve a la animalidad y la bestialidad de manera enloquecida, ilimitada e imprecisa.

Enrique Lynch explora esta tensión entre los valores y el reciclaje visual que nos conduce a un plebeyismo axiológico cuando dice: La televisión “hace funcionar los valores en boga y los apuntala de manera edificante. Si se procura sacar un mensaje televisivo a partir de estos géneros que retratan nuestros modelos de vida, el resultado no puede ser más frustrante: el mensaje de la televisión reproduce con toda precisión los códigos y los valores vigentes que se sintetizan en las preferencias y las aversiones de las grandes masas. La televisión se caracteriza por no arriesgar jamás ningún juicio crítico o excéntrico” (122)

Esta economía de la violencia marca totalmente nuestra experiencia, reconocimiento y vínculo con el mundo y más porque es gratuita, incontrolable y porque invertir en ella nos ha llevado a constituir un Nuevo Orden Mundial.

Olivier Mongin se pregunta ante este fenómeno: “¿la violencia de las imágenes puede remitir a una experiencia, a la experiencia de la violencia tal como la sentimos y no a una nueva manera de desembarazarse utópicamente de ella? Hay una diferencia evidente entre una violencia desenfrenada que contribuye a la insensibilización y las imágenes que remiten a la experiencia de la violencia. ¿Han renunciado las imágenes a mostrar la experiencia, ha asesinado lo visual a la imagen en sí, prohibiéndole mostrar otra cosa?” (Mongin: 133)

Cuadro 2

Porcentaje de muertes violentas. 1990-2003

Cuadro 3

Porcentaje de muertes por suicidio. 1990-2003

La sintaxis de la violencia no permite alejamiento alguno como para aprender a manejarnos entre ella. El encanto seductor que guarda su acoso es tan natural, aparentemente no construida, que se ve con indiferencia. Así se filtra en la vida del espectador como si fuese un espectáculo indoloro. La presión psicológica que provoca en el espectador es tal que autoinducir la violencia se vuelve un efecto catártico para algunos y así la imitan, como un espectáculo. Basta ver la especialización por razones y la metodología empleada en los suicidios para ver cómo también la autoagresión es parte de esa experiencia ritual, no es gratuito que los porcentajes más altos correspondan a detonadores amorosos y disgustos (Cuadro 4) como si el suicida repitiera con su acto una y otra vez las imágenes de crímenes y las escenas de dolor que a él lo marcaron. La víctima del acoso moral mediático social es en sí mismo, cuando aplica la violencia, parte del espectáculo mediático. Él también será la “nota”. Espectador, víctima, actor, pero jamás sujeto que pueda esquivar la pantalla.

La espiral de la violencia, nos dice Mongin:

“queda tal vez provisionalmente cerrada: primero, la sobrecarga del espectáculo de la violencia es una manera de alejarla, como si el rechazo o el temor que pueda tenérsele diera lugar a una adoración salvaje que se traduce en una permanente traducción en imágenes; segundo, la obsesión del paso a la acción que muestran los psicópatas de la pantalla traduce el terror que produce la violencia cuando está en todas y en ninguna parte, semejante a un pulpo invisible; tercero, la violencia de la pantalla, lejos de ser una ficción, corresponde a un dispositivo de la violencia que no puede sino alimentar otros miedos y generar así una ilusión que consiste en creer que uno puede desembarazarse de la violencia devorando historias, que se finge creer que no nos cierne. Como si el mundo estuviera finalmente protegido contra el mal. Como si el mal solo tuviera lugar en la pantalla” (1999: 136).

Cuadro 4



Muertes por causa de suicidio. 1990-2003

La semántica de la pantalla, el jardín de la mirada

Como hemos podido ver, el problema de la violencia televisiva y social no sólo tiene que ver con la cantidad, la frecuencia o su tipo de expresión; sino también con el tipo de receptor ya que en los múltiples estudios que se han realizado se ha visto que la concepción y naturaleza de lo que es o no violento puede cambiar entre las personas. Este relativismo perceptivo está determinado por múltiples factores como: ambiente familiar del que proviene el receptor, tipo de educación recibida, formación moral, jerarquía personal de valores, modos de interacción y socialización simbólica, proximidad con el medio, grado de acoso moral que ejerce el medio, frecuencia de exposición mediática, proporción o cantidad de violencia directa, indirecta, simbólica, gráfica, divertida, justificada o recompensada percibida, “tipo de programa del cual procedía la escena, tipo de instrumento utilizado para la violencia, medio físico en donde transcurre la acción, gravedad de los daños observables causados” (García Galera, 2000: 25).

En términos de teoría de la recepción e interacción simbólica tenemos con ello que cada receptor puede identificar distintos tipos de significantes y por ende de significados dependiendo de múltiples variables; y, que la interpretación de la violencia no siempre tiene que coincidir entre ellos y mucho menos con las categorías de violencia en la que la queremos encasillar.

También valdría la pena indagar dentro de este sistema de dependencias que se establece entre televisión-receptor ¿quién busca a quién?, ¿una televisión perversa a sujetos fácilmente acosables?, o ¿sujetos agresivos que buscan una televisión simbólicamente cargada de violencia para ejercer una catarsis, alienación o proyección?

Con ello parecería que los intentos por identificar y clasificar la violencia son acciones absurdas. No obstante a la magnitud de las variables que debemos contemplar, una revisión sistémica que se abra al mayor número de elementos a registrar, que considere todos los sistemas y subsistemas ligados, los roles y protagonistas, formas de expresión, intencionalidad y consecuencias, nos ayudará no tanto a genera una definición universal ni tipológica de la violencia, sino más bien a dimensionar los campos donde debemos trabajar para erradicarla. Mucho se ha avanzado en tratar de establecer el perfil de la violencia, su extensión y naturaleza; quizá donde más debemos profundizar es en los sistemas de resolución y evaluación de cada propuesta.

Axiología y responsabilidad mediática

Ya sea de manera directa o indirecta, sublimada o reciclada, central o periférica, explícita o implícita, denotativa o connotativa, tolerable o intolerable, medida o instalada, las preguntas éticas sigue siendo: ¿podemos mostrarlo todo?, ¿qué debemos hacer con la violencia?, ¿cómo romper el círculo de la violencia y el acoso moral televisivo?, ¿cómo acabar con su funcionalidad y maltrato psicológico?, ¿cómo evitar que se convierta en una pandemia mediática?, ¿hasta cuándo debemos permitir que este abuso viole la dignidad de la persona y sus valores?, ¿es posible calcular todo el daño moral, físico, espiritual, intelectual y emocional que produce el acoso moral mediático?. ¿quiénes deben asumir la responsabilidad al respecto?

Si retomamos nuestro modelo sistémico, a manera de propuesta, habría que decir que es responsabilidad de todos insistir en la promoción de la veracidad, la libertad y la justicia, como principios claves de la comunicación para dotarla nuevamente de sentido personal y colectivo y así defender y promover el bien común. Para ello sería importante primero contrarrestar culturalmente la moral permisiva que orienta a las personas a buscar la satisfacción individual a cualquier precio. “Un nihilismo moral de la desesperación se añade a ello que acaba haciendo del placer la sola felicidad accesible a la persona humana” (Foley, 1989).

En segunda instancia revisar críticamente qué implica el derecho a la libertad de opinión, expresión y difusión y hasta dónde su relación con el derecho a la libertad de pensamiento le obliga y permite dañar a la persona. Un uso responsable de la libertad de expresión e intercambio de información debe siempre salvaguardar el derecho de todos los individuos, las familias y la sociedad; protegiendo, nunca destruyendo los valores fundamentales de la vida social, cultura y emocional de las personas.

Todos los que toman parte de la vida social tienen deberes y obligaciones mediáticas como el respeto al otro, la pluralidad y la tolerancia, pero sobre todo, con la dignidad de la persona. Toda persona puede y debe contribuir al bien común y al desarrollo integral del hombre.

En el Esquema 4 podrán ver como propuesta un modelo de axiología mediática en el que se plantea un sistema de responsabilidades éticas que bien podría servir para involucrar a todos los responsables en la formación de la conciencia moral del receptor.

Esquema 4



Fórmula de equidad axiológica

A manera de propuesta se recomienda: 1) que los responsables de los medios cuenten con códigos de ética, tanto normativos en la conducta moral que desean promover entre sus equipos creativos y legalistas para que las prácticas informativas se encuentren en un marco democrático de derecho que busque el bien común, promoviendo con ambas visiones que nazca de ellos la autorregulación y, en un marco de libertad y autonomía, sea cada persona la que asuma su responsabilidad creativa; 2) de igual forma, se propone que los generadores de contenido, cuenten con una formación ética y guías para el correcto tratamiento de los principales temas para que gocen de cierta alfabetización ética para los medios y conozcan el tipo de afectación que tiene el mal manejo del lenguaje y evitar con ello convertirse en manipuladores, deformadores de la información o acosadores morales; 3) educar a la familia, a los maestros y miembros de otras instituciones formativas en el uso pedagógico y axiológico de los medios, para que además de gozar con cierta alfabetización puedan hacer un uso positivo de los recursos mediáticos; y 3) contemplando a los receptores es fundamental orientarlos en la decodificación mediática tanto a nivel de producción como a nivel moral y hacer de ellos receptores críticos.

El trabajo para erradicar la violencia mediática como social es de todos los involucrados (familia, escuela, instituciones, gobierno, medios de comunicación, creativos, publicistas, anunciantes). La educación, la autodisciplina y el autocontrol basado en el respeto a la persona y el bien común son la única clave para garantizar la unidad y el desarrollo social. En la medida que se cuente con un marco legal que proteja los intereses de la familia, el bien común, la juventud y la niñez; en la medida que exista la convicción moral –por parte de los generadores de contenido- para servir a la sociedad con respeto y rigurosidad; en la medida que los dueños de los canales televisivos promuevan prácticas éticas y eviten la telebasura, la conquista de la audiencia a toda costa, el vedetismo, la mitificación del escándalo, la promoción de intereses particulares, el amarillismo y la invasión de la intimidad; en la medida que el público receptor exprese su individualidad, se eduque, se haga crítico y haga que se escuche su voz cuando algo atenta contra su persona y dignidad; en la medida que los educadores promuevan valores éticos, sociales, culturales y mediáticos contrarrestarán las fuerzas negativas y manipuladoras, ayudando a que los desprotegidos rechacen la mentalidad consumista, conformista, facilista, hedonista y deshumanizante que ha deformado las bondades naturales de la televisión como un medio que bien podría fomentar el diálogo entre las personas, facilitar la participación social y el acceso al concomimiento, la sabiduría y la belleza.

La televisión ni las mismas instituciones sociales están obligas a seguir reproduciendo el modelo de acosador moral ni fomentando cosmovisiones reducidas, ni antiéticas que concluyan en la autodestrucción, las prácticas violentas ni el suicidio.

Si entre todos logramos romper el círculo de la violencia, pronto podremos gozar de una televisión educativa, recreativa y formativa que dote nuevamente de significados la vida; cuya interacción simbólica favorezca la creación de identidades, sirva al desarrollo de las personas, resuelva necesidades familiares, oriente el actuar social, promueva la libertad, la responsabilidad, la solidaridad, la justicia y la búsqueda de la verdad. En ese momento, regresará al hombre la mirada. Una visión que jamás debió apartarse de su lado.

Conclusiones

Ante el círculo de la violencia nos hemos vuelto devoradores de manipuladoras representaciones simbólicas e imágenes que derivan en la ausencia total de sentido. La experiencia de la mirada se ha relegado a la absorción de patrones sugestivos opresores que orillan al receptor a un encerrarse en sí mismo, para que éste termine inventándose un mundo en el que el hedonismo se mimetiza con la “realización personal”.

El sistema de relaciones sociales y mediático que se estableció a lo largo del texto es el que plantea cómo la televisión y el entorno social reproducen un patrón de acoso moral en el que el receptor es confundido, agredido y maltratado psicológicamente por sistemas de mediaciones poco éticas. Las preguntas planteadas y que van diseccionando nuestro análisis nos llevan a concluir que:

1) los medios, la familia, la escuela y las demás instituciones, en el proceso de socialización le ofrecen al individuo significados emitidos por representaciones simbólicas mediatizadas en forma de valores, actitudes, formas de pensar y creer;

2) la experiencia de la realidad se ha vuelto una elaboración social continua determinada por los significantes culturales recibidos en la interacción simbólica con todos los agentes generadores de contenido;

3) es tal el intercambio y negociación simbólica que podríamos hablar de la configuración de una civilización signocrática;

4) desgraciadamente esta civilización se ha circunscrito dentro de una iconósfera violenta;

5) dicha violencia directa, indirecta, abstracta, real o simbólica está muy presente en muchos de los contenidos actuales de la comunicación televisiva;

6) en los últimos años el nivel de penetración de la televisión es tal, que su nivel de impacto y credibilidad, entre los mexicanos, representa el mayor porcentaje de aprendizaje social de un individuo;

7) si este aprendizaje ha reforzado incentivos ambientales negativos y violentos, ha empezado a reproducir el papel de acosador moral;

8) el rol de acoso moral que han llegado a representar algunos programas televisivos violentos puede terminar manipulando, torturando, humillando, mintiendo, faltando el respeto y asesinando psicológica y moralmente al receptor;

9) los mecanismos de acción de esta televisión acosadora se dan a través de la seducción, la fascinación, la manipulación, la mentira, la paradoja, el sarcasmo, la burla, el desprecio, la difamación y la ritualización sígnica, produciendo como efectos la confusión, el borrar los límites de la realidad, la alienación, la idealización, el apasionamiento y el desdibujar los efectos y consecuencias de las acciones;

10) la seducción perversa y el acoso moral que establece la televisión hacia el receptor le hacen creer que es libre en sus decisiones sin dar cuenta que están ejerciendo una dominación que lo llevan a un desposeimiento personal, sumisión, dependencia o discriminación;

11) las manifestaciones de este acoso se ven reflejadas en el receptor en dos áreas: a) desequilibrio psicológico y moral, quejas, temor, inseguridad, baja valoración y, b) cambios conductuales como anorexia, bulimia, ortorexia, vigorexia, consumismo, hedonismo, relativismo, materialismo, violencia social, física, psicológica, automutilación, agresión y suicidio;

12) la violencia perversa de la televisión se ha hecho cada vez más simbólica, indirecta y sugestiva, en sus respectivos casos puede ser contra la persona, la familia, la fe, la convivencia filia, la salud y la sociedad;

13) la televisión no es el único sistema de mediación simbólica que reproduce el patrón de acosador moral, también lo pueden ser la familia, la escuela y las otras instituciones formadoras de la personalidad al momento de legitimar y producir violencia;

14) esta cadena de interacciones produce una resemantización, recomposición y refuncionalización entre todos los involucrados que deriva en una victimización denominada aquí mediática;

15) el ambiente de significación violento podría ser contrarrestado generando cadenas de interacción simbólica éticas y sistemas de responsabilidades;

16) los sistemas de responsabilidad consistirían en: a) una legislación ética y mediática, b) códigos éticos normativos, c) formación ética y guías de contenido para que los generadores de contenido asuman su responsabilidad creativa, d) proveer de educación para la comunicación en la familia y la escuela; e) ultralfabetizar para los medios a los comunicadores; f) desarrollar talleres de recepción crítica y educación para la recepción; g) fomentar la responsabilidad receptiva.

Con todo ello queremos plantear la necesidad de crear un área de la comunicación que se especialice en la victimización mediática y pueda estudiar y plantear soluciones para todos los tipos de afectaciones violentas que se dan en la interacción y recepción simbólica. Es un hecho que no podemos cerrar los ojos ante el abuso mediático en el que hemos caído; asumir responsabilidades significa querer evitar que la mirada pase a ser una especie en peligro de extinción y vuelva a ser signo transparente de composición accionaria y dé sentido en la vida de cada persona.

La televisión como todos los medios debe estar al servicio de la persona, usando todo su potencial para promover sanos valores humanos, familiares y sociales. Es vital que quienes trabajan en ella asuman una ética de la convicción y de la responsabilidad de la información que están mediando. Así mismo, los receptores tienen también la obligación de formar su conciencia y ser receptores responsables y críticos. Ya lo decía Roger Silverstone: “los medios están ahora en el centro de la experiencia, en el corazón de nuestra capacidad o incapacidad para encontrarle un sentido al mundo en que vivimos y esa es justo la razón por la que debemos” dominarlos (citado en Buckingham, 2005: 23). La secuencialidad de la violencia simbólica, mediática y social, sólo podrá erradicarse cuando la dignidad de la persona sea el centro de la acción comunicativa y así, como concluyó Juan Pablo II en su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2004: la persona logre encontrar en la televisión “su fuente de apoyo, estímulo e inspiración” para tratar de vivir en una comunidad de vida y amor, promoviendo los sanos valores morales y una cultura de solidaridad, libertad y paz.

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[1] Comunicólogo por la Universidad Anáhuac. Maestro en Humanidades por la Universidad Anáhuac. Fue Miembro del Comité de Misión, Visión y Valores de Televisión Azteca. Se ha desempeñado como periodista publicando en diversas revistas especializadas y periódicos nacionales. Es editor de la comunidad de Comunicadores Católicos de Catholic.net y Director de Medios de Global Content. Se desempeña como académico e investigador adscrito al Centro de Investigación para la Comunicación Aplicada (CICA) en la Universidad Anáhuac y es autor del libro Comunicación masiva en Hispanoamérica. Cultura y literatura mediática.

[2] El autor agradece el valioso apoyo brindado por Tere Mansur en la elaboración de esta investigación.

LA CENTRALIDAD DE LA PERSONA HUMANA EN LA ACCIÓN COMUNICATIVA



Jorge Alberto Hidalgo Toledo[1]

¿Qué es la comunicación sino un acto referencial dotado de sentido y significación? Y decimos referencial porque es a través del lenguaje y su carácter comunitario que invocamos, evocamos y se nos “autorrevela el mundo” (Cassirer, 1985, p. 18) para conquistar con ello nuestra propia condición existencial. Esta interacción sintáctica y dinámica entre la materia, el individuo, el lenguaje, la comunicación, la percepción y la inteligencia es la que permite unirnos semánticamente a los demás seres morales y compartir con ellos valores, tradiciones, costumbres e ideas enriqueciendo la experiencia vital.

De esta forma, la comunicación constituye, no una intención vacía como creía Husserl sino como bien apunta Sastre, “una experiencia trascendental” (Sartre, 2000, p. 307); una relación de compromiso que sobrepasa la gramática, la realidad y el mismo lenguaje.

Comunicar es “extender la mano” (López Quintás, 1968, p. 125), es encuentro, es intimidad, es vincularse con el otro, es diálogo, es entrega, es darse al otro; lo que la hace sinónimo del amor, porque cada cual se hace persona al hacerse el yo responsable del (Buber).

La comunicación, no es un mero accidente que ocurre entre los hombres; por ello, hoy día, se distingue de informar[2]. Comunicar, por el contrario, es dotar de significado las cosas del mundo; lo que significa, dotar de sentido a la existencia misma.

Con ello, quiero apuntar que es la persona el centro y el destino de la acción comunicativa. Lo que debería llevarnos a creer que en cada palabra vertida en un periódico, en cada imagen transmitida en tiempo real por un noticiario televisivo, en cada sonido emitido por la radio debería haber, como afirmaba Gabriel Marcel, una “certeza existencial” (Sanabria, 2000, p.155), pero no la hay.

Esta invocación recíproca de encuentros interpersonales es la ontología misma de la comunicación. Quienes buscamos el “Ser” de la comunicación, en el fondo buscamos al hombre mismo.

Siendo la humanidad entera la que se oculta detrás del fenómeno comunicativo es vital analizar la función de los medios y ver si estos, en verdad, están al servicio del hombre.

La interacción simbólica que se ha tendido en Internet y la convergencia tecnológica, ha puesto al descubierto la ausencia de un rostro y la desnudez del cuerpo. Por ello, podemos hablar de indigencia comunicativa, de egoísmo simbólico, de extranjeros gramaticales, de ausencias cognoscitivas, de despojo mediático, de soledad significativa, de pobreza informativa, de miseria existencial.

Quizá el problema más grave y evidente de la comunicación en la era digital no sea la brecha informativa sino la ausencia de una metafísica significativa que permita nuevamente la posesión del mundo y la instauración de una comunidad universal de personas por el don de la comunicación.

Devolver el sentido trascendente a la acción comunicativa implica volver los ojos a la centralidad de la persona, al reconocimiento y valoración del otro, a la ética y a los fundamentos de los medios: servir para buscar el bien común; unir, para construir a través de la solidaridad una verdadera aldea global; y equilibrar con justicia a la sociedad.

He aquí la revisión bioética de la acción comunicativa en la era de Internet. Regresemos al “ser a su morada” (Heidegger, 1987, p. 26); registremos la propia existencia y sus condiciones ética y personalista para hablar nuevamente de significación y sentido en la acción humana; para entender nuevamente la comunicación como la mediación ética del mundo[3].

Esta manifestación del hombre, esta radicalidad de la persona humana conlleva la idea de la comunicación. Es decir, si la persona humana es en el mundo, es porque es con-los-otros.(Forzán, Hidalgo, 2005)

Ese ser-con-los otros es posible gracias al lenguaje, a la expresión del espíritu que dota de contenido a los objetos y a la persona misma. Para conservar la unicidad de la persona y llegar a ser, es necesario contar con los medios para desarrollar la virtud (Fromm, 1986, p. 39), para colocarnos ante nuestra propia naturaleza y dominarla.

En función de nuestro objeto de estudio, los medios masivos de comunicación, si han sido mediados por la ética, determinarán la acción del hombre sin perder de vista que el fin es el hombre mismo. Lo que nos lleva a afirmar que los medios están al servicio de la persona.

Hoy día filósofos, comunicólogos, antropólogos, sociólogos y politólogos hablan de la necesidad de contar con medios de comunicación libres y responsables para la creación de sistemas democráticos donde prime la libertad de expresión y prensa. Para ello, han creado múltiples modelos y teorías de responsabilidad social, códigos de ética, vías de autorregulación y legislación para justificar el buen actuar de los medios ante la sociedad civil.

Muchos han sido los estudios dedicados a los efectos de los medios y los intentos para establecer un uso ético de los mismos. Pero, ¿podemos hablar realmente de ética mediática si limitamos los esfuerzos a generar legalismos, normativas y códigos de conducta más que intentos por visualizar a los medios como herramientas colaborativas para devolver el lugar del hombre en el mundo?

Esta reubicación del hombre, debe partir necesariamente del entender que los medios están al servicio del hombre. Pero, ¿qué implica este servicio? Cuando hablamos del “servicio” que prestan los medios de comunicación, nos referimos a su aportación para lograr un factor de crecimiento y progreso humano, progreso de la verdad del hombre, progreso cultural, social y económico. De ahí que en términos concretos busquemos que los medios de comunicación estén a la “defensa de la promoción de la verdad integral” (Casales, 1985).

Los medios deben servir para encontrar respuestas verdaderas; para desarrollar las habilidades; para conocer, compartir y comunicar las intenciones, deseos, sentimientos, conocimientos y experiencias; para comprender, actuar con libertad y progresar; para establecer relaciones, solidarizarnos; para enriquecernos intelectual, moral, social y espiritualmente; para promocionar los valores humanos y la vida humana; para realizar un encuentro entre hombres, culturas, ideologías, historias y signos trascendentes.

Cuando los medios y las nuevas tecnologías de información, pierden este sentido de utilidad, se pierde con ello el sentido de la condición humana y se terminan agrediendo: la dignidad humana, los valores universales, la cultura, los sistemas económicos, políticos y sociales.

La comunicación que se sostiene de la experiencia común, solidaria y caritativa –porque ofrece lo mejor del otro- termina construyendo el cuerpo del mundo. El rostro y la identidad que tomará se define como lengua viva; pues serán los hombres los que moldeen el mundo para mejorar su calidad de vida y no los medios los que moldeen sus opiniones y los aspectos fundamentales de su vida. Cuando los medios “sirven”, construyen, “unen y solidarizan” (Redemptoris Missio, 1990, 37); justifican la existencia, rompen con la soledad y nos llevan a la plenitud.

La acción fecunda de los medios es aliviar la indiferencia, eliminar el aislamiento, desbancar el rechazo, derrotar el egoísmo, reconstruir la incomprensión, diluir “la tonalidad grisácea de la existencia” (Serrano, 1970, p. 45).

La soledad del hombre tecnológico, es la de aquél que ha visto pisoteada su intimidad por los abusos de la imagen, los vacíos de la palabra, los silencios informativos, la mezquindad de la manipulación, la persuasión de la indecencia, la falta de responsabilidad social y una ética en los medios.

Todo esquema formal e informal de control de los medios debe trascender las leyes y reglamentos para contemplar algo más que códigos de conducta. Una ética integral debe contemplar todos los aspectos de la persona humana y su interrelación con el medio. Los medios como bien señalaba Xavier Zubiri deben servir para “realizar la vocación humana, ser de verdad hombres” (Zubiri, 1987, p. 259).

De esta manera, los medios dejan de ser una “fuerza ciega de la naturaleza fuera del control del hombre” (Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, Ética en las Comunicaciones Sociales, 2000, 1) y pueden ser usados con fines buenos o malos ya que ellos no hacen nada por sí mismos, sino por la acción de los hombres.

Es por los fines, la participación del hombre, su uso como herramientas, el grado de bondad o de maldad con que se produce la acción comunicativa que los medios deben estar mediados por la ética. Dependiendo del grado de mediación de ésta última, podremos hablar del aumento de la empatía, la compasión, la solidaridad, el odio, el narcisismo o la soledad entre los hombres.

La Constitución Pastoral Gaudium et spes apunta: “Los medios deben hacer consciente al hombre de su dignidad, a comprender los sentimientos de los demás, a cultivar un sentido de responsabilidad mutua, y a crecer en libertad personal, en el respeto a la libertad de los demás y en la capacidad de diálogo” (1966, 30-31).

Emmanuel Mounier se anticipó a estas líneas cuando comentó: “Una persona es un ser espiritual constituido como tal por una manera de subsistencia e independencia de su ser; mantiene esta subsistencia por su adhesión a una jerarquía de valores libremente adoptados, asimilados y vividos por un compromiso responsable y una conversión constante: unifica así toda su actividad en la libertad y desarrolla por añadido a golpe de actos creadores la singularidad de su vocación. Es en la comunidad, en la relación concreta de comunicación con los demás, donde realmente se constituye la persona”. (Mounier, Manifiesto al servicio del personalismo).

Si como bien apunta Mounier, los hombres necesitan satisfacer su necesidad de información para tomar decisiones, autoconfirmarse en el mundo y reproducir con ello un régimen democrático, justo y solidario, la inhibición y el bloqueo de la posibilidad de expresión y acceso a la información, se vuelve un atentado contra la posibilidad de realización de la persona.

Para bien de las personas, la sociedad y la democracia, los medios no deben ser amenazados por los poderes coercitivos en una sociedad; y por otro, para luchar a favor de la libertad de expresión, los responsables de la comunicación deben esforzarse más por averiguar la veracidad de los hechos.

Si los medios han de cumplir su función de ser la conciencia crítica de la sociedad frente a los demás poderes, hay que seguir insistiendo en la evaluación acuciosa de los hechos, la profundización en la actuación como servidores de la sociedad y no de los poderes políticos y el que se garantice el acceso a información fiable, plural y veraz al servicio del bien común. (Hidalgo, Baran, 2005).

Si los medios habrán de promover la realización humana no podemos dejar de mencionar que en la era digital se han desencadenado una serie de atentados contra los valores morales, abusando de los medios para colocarlos al servicio del mercado y no de la persona humana.

Juan Pablo II nos enseña en su Encíclica Centesimus Annus: Sí que los medios desempeñan un papel importante en la economía del mercado y es un hecho que la comunicación social sostiene negocios y comercios; pero por encima de ello está el que “contribuyan a estimular el progreso y la prosperidad, que promueva mejoras en la calidad de los bienes y servicios existentes, permitiendo que las personas hagan opciones informadas y que les ayuden a tomar decisiones que les potencien el espíritu cívico y solidario”. (1991, 34)

Hablar de los medios de comunicación en la era de Internet nos lleva a pensar necesariamente en la manera en cómo están impactando estos a la cultura, a la educación y a la espiritualidad de las personas.

Si queremos que los medios se comprometan con el hombre y su diálogo con la verdad, deberán cumplir con su deber como nos señaló el Santo Padre: “atestiguar la verdad sobre la vida, sobre la dignidad humana, sobre el verdadero sentido de nuestra libertad y mutua interdependencia” (Juan Pablo II, Mensaje para la XXXIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 1999, 2).

La teoría de la Responsabilidad Social de los Medios ofrece esquemas interesantes, tanto formales como informales para controlar a la industria mediática y verificar que los profesionales cumplan responsablemente con su deber. Pero, ¿podemos ir más allá de las leyes y los reglamentos?

La ética, en su propia ontología nos ofrece la gran solución; puesto que consiste en reglas de conducta y principios que guían la acción humana y nos ayudan a decidir responsablemente ante ciertas situaciones (Hidalgo, 2005).

Es la misma ética la que nos ayuda a discernir racionalmente equilibrando los controles externos formales (leyes, reglamentos, códigos de ética) y los internos (tanto los de la industria como los personales).

La aplicación de la ética en los medios nos permitirá encontrar las respuestas que mejor defiendan moralmente a un problema para que el respeto, la justicia, la bondad, la belleza y la dignidad humana se mantengan vigentes.

Si cada comunicador parte de la ética para definir su posición ante cada problema que cubre, terminará por un lado, profundizando en el conocimiento de sí mismo y, en segundo lugar, definiendo hasta dónde puede garantizar que lo comunicado ayude a la construcción de la identidad del otro.

La ética, cuando es aplicada, ayuda a equilibrar intereses contradictorios y no limita al comunicador a operar sólo en función de lo que está o no permitido por un código normativo empresarial.

Los medios cumplen una misión trascendental que es unir a los hombres. Si este objetivo se realiza partiendo de la ética, servirá para difundir la verdad, hacernos más conscientes de la dignidad de la persona, más responsables, más tolerantes y abiertos a las necesidades de los demás, para con ello participar en actividades que favorezcan el bien común.

Al ser los medios simples instrumentos al servicio del hombre, no son ni buenos ni malos por sí mismos; pero sí pueden llevar mensajes enriquecedores y formativos o violentos, vulgares y obscenos que formen en la persona opiniones o construcciones erróneas o acertadas del mundo.

La ética mediática se hace presente cuando la intención (de quien envía el mensaje), promueve o no valores (el mensaje mismo), para que alguien realice o no actos morales (interpretación, respuesta y retroalimentación).

Muchas son las fórmulas que se han buscado para respetar a la persona, promover el interés público, garantizar su crecimiento intelectual, cultural y espiritual. Todas ellas son medidas positivas que están funcionando y que podrían hacer un bien mayor si no pierden de vista que los medios deben estar el servicio de la familia humana y que en la medida que se ajusten a modelos éticos darán más sentido a la vida de las personas.

La apuesta por la mediación ética puede traer beneficios en múltiples planos. Su práctica e impacto puede llevar a la realización de la persona y a que esta alcance la felicidad.

A continuación expongo en qué puntos la ética puede ser la clave para mejorar la actuación de los medios.

· En lo económico. Los medios impulsan los mercados y sostienen muchos negocios gracias a la publicidad. También son ellos los que estimulan el empleo y promueven mejoras en la calidad de los bienes y servicios. En la medida que los medios fomenten una competencia sana y responsable que derive en una mayor y mejor información para la toma de decisión y promuevan en las empresas la responsabilidad social podrían contribuir en la justicia social.

· En lo político. La transmisión de mensajes apegados a la verdad y sin pretensiones ideológicas manipuladoras, podrían beneficiar a la sociedad para que las personas participen más en los procesos políticos. Si ya están uniendo a las personas, qué mejor que lo hagan para alcanzar propósitos y objetivos comunes. Un país que se diga democrático y que no cuente con medios éticos, está mintiendo, ya que estos serían los encargados de llamar la atención en casos de incompetencia, corrupción, abuso de confianza o promover la competencia, el espíritu cívico y el cumplimiento del deber.

· En lo cultural. Son los medios los que acercan a las personas a actividades como el arte, la música, el teatro, la literatura y promueven con ello el desarrollo humano al buscar la promoción del conocimiento, la sabiduría y la belleza. Los medios, si apuestan por la ética, podrían llevarnos a entender las prácticas culturales y las tradiciones de los demás pueblos; así como a valorar nuestro patrimonio cultural y preservarlo.

· En lo educativo. Los medios ofrecen herramientas e instrumentos complementarios a la formación de niños, adolescentes, padres de familia y ancianos. Gracias a su nivel de penetración, la educación puede llegar a los sectores más marginados y ofrecerles una visión esperanzadora del mundo. Si se emplean adecuadamente, podrían ser fuente de progreso social.

· En lo personal. Los medios pueden enriquecer la experiencia vital al transmitir mensajes, noticias, ideas y acontecimientos positivos que inspiren, alienten y lleven a las personas a participar en hechos trascendentales. Tanto la formación intelectual, cultural y espiritual se puede beneficiar de palabras e imágenes constructivas.

No está demás insistir en que todas estas formas de comunicación ética y sus beneficios, no son simples manifestaciones de ideas ni expresiones de un sentimentalismo; para que los medios sirvan realmente a la comunidad deben estar entregados por entero al respeto del bien común, la promoción del ejercicio de la libertad y el atestiguar la verdad sobre la vida y la dignidad humana.

Juan Pablo II escribió en su más reciente Carta Apostólica El rápido desarrollo: “Los contenidos tendrán siempre por objeto hacer a las personas conscientes de la dimensión ética y moral de la información”. (2005, 9).

Ya lo decía Mounier, para desarrollar una sociedad personalista, hay que salir de uno mismo; hay que comprender al otro acogiendo su diferencia; hay que asumir el sentido del dolor, la pena, la alegría y labor de los otros para dar, para entregarnos y ser fieles a la existencia. Amar realmente al otro, aseguraba Marcel, es amarlo en Dios. La comunicación es el puente entre el misterio y el abismo. La comunicación no es un símbolo, ni una herramienta. La comunicación no es un salto al vacío, ni una representación absurda. La comunicación no es un combate entre los hombres.

La comunicación es sentido y trascendencia. Es una autentificación de la persona. Es afirmarnos en el mundo. Es entregarnos a los otros. Es dar la vida por los otros.

Si el hombre, perdió el sentido del ser de la comunicación, es porque nunca aprendió a decir Dios.

Bibliografía

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[1] Comunicólogo por la Universidad Anáhuac. Maestro en Humanidades por la Universidad Anáhuac. Fue Miembro del Comité de Misión, Visión y Valores de Televisión Azteca. Se ha desempeñado como periodista publicando en diversas revistas especializadas y periódicos nacionales. Es editor de la comunidad de Comunicadores Católicos de Catholic.net y Director de Medios de Global Content. Se desempeña como académico e investigador adscrito al Centro de Investigación para la Comunicación Aplicada (CICA) en la Universidad Anáhuac.

[2] Entiéndase como un simple intercambio intrascendente y multidireccional de datos sin más sentido que la respuesta.

[3] Si las personas se construyen en función de los discursos interpersonales e históricos, habría que entender que existen puentes que permiten, como afirma Jesús Martín Barbero (1987), “reconstruir la cultura”. De este modo, los medios deben mediar las acciones bajo un marco ético; así las acciones personales, simbólicas, interpersonales y organizacionales responderían: a una ley natural, a mantener la centralidad del hombre, a elevar su dignidad y mantener el bien común conformando una red de sentido que devuelva al hombre su humanidad.

o de 2005.

lunes, enero 07, 2008

Video: Media Literacy: Audience



Video que explora el poder de la audiencia en voz de la Dra. Cindy Lont

(See an excerpt from this phenomenal video from the Media Literacy series. To order this and hundreds of other premiere media training titles, go to firstlightvideo.com)

miércoles, noviembre 28, 2007

Long Tail Culture

Ponencia del Mtro. Jorge Alberto Hidalgo Toledo en la VII Jornadas de Comunicación y Cultura: Políticas públicas, medios y cultura celbrada en la Universidad Intercontinental

La Tv Fuera De La Tv. HipertelevisióN



Ponencia presentada por el Mtro. Jorge Alberto Hidalgo Toledo en el marco del Seminario de Audiencias Televisivas celebrado en la Universidad Intercontinental, Cd. de México y en el Congreso Internacional de la Unión Latina de Economía Política de la Información, la Comunicación y la Cultura (UAM Cuajimalpa) México, DF

Que el alcohol no te maneje



Video producto de la campaña en medios en la que estamos participando dentro de la Cátedra de Investigación FISAC Anáhuac en Comunicación para promover la responsabilidad ante el consumo y la sana convivencia.

jueves, octubre 11, 2007

Hipertelevisión: la televisión fuera de la televisión


Mtro. Jorge Alberto Hidalgo Toledo.


Investigador Adjunto del Centro de Investigación para la Comunicación Aplicada de la Escuela de Comunicación de la Universidad Anáhuac. Av. Lomas Anáhuac s/n Cp. 52786, Huixquilucan, Edo. de México. Tel. (55) 56270210 Ext. 8674. jhidalgo@anahuac.mx
Datos del investigador:
Jorge Alberto Hidalgo Toledo es investigador del Centro de Investigación para la Comunicación Aplicada de la Escuela de Comunicación de la Universidad Anáhuac y Titular de la Cátedra Televisa en Innovación de Contenidos.
Área temática: Cultura, televisión, medios masivos y nuevas tecnologías
Palabras clave: televisión, hipertelevisión, nuevas tecnologías, webtv



Ponencia realizada para el VI Encuentro Internacional de la Unión Latina de Economía Política de la Informacióon, la Comunicación y la Cultura (ULEP-ICC). En la mesa de trabajo Industrias culturales y de la información

Resumen:
Sacar la televisión de la televisión es darle al usuario el control. La televisión tal y como la conocemos pareciera estar llegando a su fin. Las macrotendencias de la industria del entretenimiento, el aumento de la banda ancha, los sistemas inalámbricos, los mercados emergentes, el crecimiento de los servicios digitales, la convergencia digital y la integración multivía son hoy realidades del día a día. La televisión de paga vía cable y satelital están desplazando a la televisión abierta. Las audiencias migran. Hoy el prime time lo tienen los videojuegos, la venta del DVD, los dispositivos móviles, los teléfonos celulares y el iPod. Tanto tiempo se tardó la televisión para ingresar a la recámara de las familias para que en fracciones de una década la televisión se hiciera portátil, móvil y con contenidos en demanda. La comercialización de contenidos sindicados vía videocast, las descargas por TiVo, Limewire, BitTorrent y otras plataformas digitales en modo legal o crackeados, están golpeando de lleno a la televisión tradicional.
En menos de dos décadas nos tocó ver la incursión de los Set top boxes, el video bajo demanda, la televisión inter-net-activa, la web TV, la Etv h ahora tenemos la hipertelevisión; es decir, la posibilidad de tener: múltiples canales, múltiples plataformas, audiencias fragmentadas, canales temáticos, servicios de valor añadido, hibridación de géneros, hipernarrativas multimedia, integración y engranaje de medios y publicidad. La hipertelevisión combina lo mejor de todos los mundos digitales: canales, servicios, interactividad, metadata, hipetextualidad, hipermedialidad y lo mejor aún, la posibilidad de personalizarse. Con la incursión de YouTube en el terreno de las industrias culturales, quedó claro que el usuario había tomado el control. Después de ellos queda claro que los consumidores buscan: contenidos exactos a sus necesidades informativas para verlos cuando ellos quieran, donde quieran y bajo la plataforma e interfaz mediática que quieran. ¿En qué medida esta revolución ha transformado a las audiencias?, ¿qué tipo de compromisos y pasiones derivan de las nuevas formas de consumo?, ¿cómo se integran las campañas de publicidad e hipermercadeo en esta dinámica? El presente texto presenta la transformación de la industria televisiva dejando ver las estrategias integradas de agentes como Walt Disney Company, ABC, Apple y fenómenos mediáticos como The lost experience. Esta investigación es resultado de un proyecto de investigación de la Cátedra Televisa en Innovación en Contenidos para entender cómo se sacó a la televisión de la televisión.




Hipertelevisión: la televisión fuera de la televisión


Jorge Alberto Hidalgo Toledo**


Introducción: cambian los medios
Durante las últimas dos décadas del siglo pasado la industria del entretenimiento sufrió una serie de transformaciones que derivaron en una modificación radical de la estructura tradicional de los medios masivos de comunicación; particularmente de la televisión. Entre las transformaciones nos encontramos con: el aumento de los medios y servicios derivados de la banda ancha en línea y wireless; la comercialización de DVRs, videojuegos, películas, música y libros para Internet, celulares y dispositivos portátiles; la generación, por parte de los distintos hiperconglomerados, de planes estratégicos globales para atender a los mercados emergentes (Asia-Pacífico y América Latina); impulso del comercio electrónico; surgimiento de emisoras y servicios digitales; convergencia tecnológica e integración multivía (medios, canales y soportes) con plataformas celulares, PDAs, iPods y discos compactos interactivos; explosión del comercio de DVDs; la regulación del triple play y el crecimiento de la base de espectadores de televisión de paga en sus modalidades de cable, satelital y convergente (Cooper-Chen, 2005).
La televisión en sí misma vio el nacimiento de los set top boxes, el video bajo demanda, la Televisión inter-net-activa, la Web TV (Cebrián, 2005), la E-TV y la hipertelevisión (ver Diagrama 1); todas ello posibles gracias a la conexión directa, la emisión continua y la emisión con timing. Dicha evolución repercutió en el paso del Broadcasting al Narrowcasting (emisión seriada) y al videocasting (emisión por descarga automatizada de video bajo demanda); dejando ver la transición de la televisión de masas a la televisión de intereses personales, de la televisión interactiva (Pérez de Silva, 2005) a la televisión hipermedial.
Como resultante de esta gran cadena de innovaciones, la revolución digital, el boom de Internet y la mezcla de Internet con televisión (Spigel & Olsson, 2004), tenemos a la hipertelevisión: es decir una televisión que permite:
La fusión de múltiples canales, múltiples plataformas, múltiples medios;
Fragmentación de audiencias y cambios en el comportamiento de los televidentes (selección, recepción e interpretación de los usuarios);
Emisión simultánea y sucesivamente de videoconferencias, teleservicios y telejuegos generando cadenas de valor económico, empresarial y semántico;
Plataformas globales, proveedores locales de canales, creación de canales temáticos;
Redifusión de programaciones, teletexto, fusión de audio, radio, video y servicios interactivos;
Estrategias de multiexplotación simultánea del valor agregado;
Impulso de sinergias con otros programas y áreas de negocio de un mismo corporativo;
Convergencia e integración de medios, plataformas tecnológicas, servicios, merchandising y empresas.
Convergencia narrativa e hibridación de géneros (Mezcla de transmisiones en vivo, grabaciones, montajes selectivos, concurso, encuesta).
Hipernarrativas multimedia (bidireccionalidad, interactividad, hipertextualidad, hipermedialidad y programaciones altamente personalizadas).
Hibridación de contenidos creando unidad televisiva entre entretenimiento, información y espectáculo.
Modificación de las características de la publicidad (integración de medios y publicidad, content wraping). (Vinet, 2005, Vogel, 2004, Winkler, 2005, Winter, 2002)
Todas estas variables dan explicación a que se especule que la industria televisiva en el mundo manifieste para finales de 2009 un crecimiento del 41%, generando un estimado de 215,000 millones de dólares principalmente en su relación con los sectores de banda ancha, tv de paga y DVDs (Winkler, 2005).
Sin lugar a dudas la televisión ya no es ni será lo que ha sido hasta el momento. Ahora el enfrentamiento competitivo se da entre los contenidos, las audiencias, los servicios, los servicios prestados a la sociedad, las promociones, las programaciones y los escenarios (onda terrestre, difusión terrestre, cable, satélite e Internet). Así tenemos que la televisión presenta su revolución más amplia en lo que se refiere a cambios estructurales en: producción, almacenamiento, difusión, recepción, multiplicación de canales, nacimiento de plataformas, grandes conglomerados, canales temáticos, ofertas de servicios[1] (Rheingold, 2004).
Diagrama 1
Nacimiento de la Televisión Hipermedial
Fuente: propia



Cambia la televisión
Las nuevas modalidades organizativas que están creando grupos multimedia tanto nacionales como internacionales y las grandes alianzas tendidas entre sectores empresariales, bancos y grupos de medios, permiten crean nuevas comunidades de redes que van desde la Red de ofertas de contenidos hasta la Red de canales televisivos pasando por redes de coberturas, usuarios y servicios de valor añadido (LaPlante & Seidner, 1999).
Entre las grandes transformaciones que está sufriendo la televisión tenemos:
1. Narraciones más complejas; se cuentan tres o cuatro historias por capítulos y se cruzan las historias.
2. Cambios rápidos de situaciones, de escenas, de personajes.
3. Nacen series pensadas para los actores populares.
4. Los usuarios evitan la publicidad en los cortes, por ello se reducen los bloques publicitarios y se buscan nuevas formas de anunciar, intercalando con los contenidos y envolviendo la trama.
5. Sus contenidos giran en torno a: información, deportes, ficción, concursos, infantiles y juveniles.
6. Emergen programas sobre accidentes, situaciones dramáticas, trágicas y cotidianas; cámaras ocultas, registros testimoniales, creaciones de situaciones artificiales para captar reacciones.
7. Se busca secuencialidad programática
8. Se secuencializan los noticiarios, películas y telenovelas.
9. Se crean programaciones en bocadillo: se intercalan novedades entre programas exitosos.
10. Empleo de un lenguaje audiovisual acelerado en la cadencia de planos. No hay tiempo para una lectura completa de contenidos y sin reflexión analítica.
11. Multiplicación de puntos de vista, pluralidad de miradas, incorporación de recursos como infografías, presencia de escritura para créditos.
12. Narrativa clónica: estructura, formas de contar los hechos.
13. Gran cantidad de contenidos vinculados con la actualidad: grandes acontecimientos de interés general, galas y telemaratones de ayuda y solidaridad.
14. Creación de programas para públicos minoritarios.
15. Hibridación y armonización de macrocontenidos en programas complejos.
16. Generar contenidos para plataformas móviles y portátiles: a) teléfonos, televisores portátiles; b) agendas electrónicas, iPods; c) consolas móviles de video-juegos.
17. Incorporación de la calidad de disco compacto y la posibilidad de sistemas dual y multicanal con imágenes en varios idiomas.
18. Aparición de los servicios de:
a. teletexto digital, telecompra, banco en casa video bajo demanda,
b. canales musicales con calidad estereofónica,
c. interactivos con información y ofertas sobre educación,
d. noticias generales, ocio,
e. comercio electrónico, acceso a Internet,
f. difusión de datos de intranets y extranets,
g. visualización simultánea de canales de televisión y navegación por la red mediante la pantalla del televisor.
19. Lanzamiento de los Multimedia Home Platform (MHP) que permiten almacenar en un disco duro varias decenas de horas de programación favorita.



Cambian las audiencias
La transformación sintáctica y semántica de la televisión también ha traído consigo una modificación pragmática en los usuarios. Hoy los consumidores buscan: contenidos exactos a sus necesidades informativas, para verlos cuando ellos quieran y donde quieran (Bensmiller, 2005). Por su parte, las productoras están almacenando sus producciones para el día en que estén disponibles para todos y en cualquier momento. Así, está cambiando la noción del concepto “prime time”. Ante el consumo personalizado de programas en demanda, se está pasando del anuncio publicitario a la colocación de productos y otras formas alternas de publicidad. Las televisoras y los proveedores de cable también están perdiendo audiencias que consumen video-juegos y otros medios. Pasando del consumo televisivo de los espacios privados a los espacios públicos. Las televisoras están perdiendo el control para determinar su programación en función de las audiencias mientras que el tele-auditorio busca fórmulas y tecnologías persona a persona como BitTorrent; hoy, los reyes de las plataformas audiovisuales son YouTube, TiVo, las producciones caseras y la publicaciones web (Bowman & Willis). Estos nuevos usuarios manifiestan mayor compromiso, profundidad y pasión con estas plataformas, manifestándose poco receptivos a experiencias mediáticas pasivas filtrando toda publicidad aceptando únicamente lo que consideran relevante, entretenido y significativo (Roberts, Foehr & Rideout, 2005). La aparición de nuevos negocios en demanda y de convergencia tecnológica permiten visualizar programas en dispositivos como: computadoras personales, agendas electrónicas, teléfonos celulares, reproductores móviles. Los usuarios aprovecharán los tiempos muertos para el consumo de sus medios preferidos.



La nueva experiencia televisiva: Lost como caso aplicado de Hipertelevisión
La hipertelevisión en sí misma ha pasado a convertirse en un portal audiovisual que posibilita a las audiencias chatear entre sí de lo que ven, jugar y participar en el instante, consultar estadísticas, comprar artículos relacionados con el programa, integración de múltiples plataformas, contenidos paralelos específicos para cada medio empleado, uso de varias plataformas integrando contenidos a la actividad del merchandising (La Monica, 2006a).
Bob Iger, Presidente de Walt Disney Company dejó en claro que una nueva televisión estaba naciendo cuando anunció en el informe de su compañía que las áreas de atención que atenderían los nuevos conceptos televisivos serían: creatividad y contenido, integración tecnológica e expansión internacional. Comentario que se vio reforzado por lo dicho por Carlton Cuse, productor de Lost: “La noción tradicional de televisión es que debe estar contenida en una caja; ahora, con la multiplicidad tecnológica nos rehacemos una pregunta fundamental: ¿Por qué la Lost sólo debe existir en esa caja?” (La Monica, 2006b).
Es así como el productor de de la empresa Disney empezó a mezclar de modo interactivo la narración seriada, el mercadeo y estrategias de fidelización. Sabiendo que sus usuarios gustan navegar largo tiempo, resolver misterios y encontrar claves, incorporó elementos de publicidad televisiva y en impresos; hizo que la novela Bad Twin escrita por uno de sus personajes fuera editada en el mundo real por la filial de Disney Hyperion y se integrara la publicidad con la trama; así como con ciertos videojuegos (Ver Diagrama 2). (ABC, 2006)

Diagrama 2
Evolución de la Experiencia Lost
Fuente: propia

Bajo este esquema nace Lost Experience, una integración de teléfono, bases de datos, correo electrónico, cibernavegación, publicaciones en línea, videoconferencias, servicios bajo demanda, dispositivos móviles para mantener a la audiencia cautiva e interactiva (Ver Diagrama 3).
Los televidentes de Lost, pasaban una hora viendo la televisión y de 5 a 6 buscando claves de interacción en la red. La serie, ha sido todo un fenómeno. Se convirtió en la serie más rápidamente vendida en la historia. Con la estrategia Lost experience lograron que el primer capítulo de la segunda temporada tuviera 23.5 millones de espectadores, 16.7% de share y 10.2 puntos de rating entre adultos de 18 y 49 años. A la fecha se encuentra licenciada en 210 países. (La Monica, 2006c; The Wit, 2006)
Para sacar la televisión de la televisión productores como los de Lost han desarrollado: Paquetes publicitarios integrales; Love branding institucional no por programa; planes de fidelización para sus audiencias; historias paralelas y contenido adicional; involucrar a anunciantes en la creación de la trama; publicidad coleccionable y envolvente; integrar merchandising con la trama; hacer comerciales con elementos secundarios de la trama; posicionar de manera profunda el programa y sus marcas en un segmento psico-demográfico; que la trama obligue a volver a ver capítulos pasados. (La Monica, 2006d)
Diagrama 3
Herramientas multivía de la Experiencia Lost

Fuente: propia
Conclusiones
El usuario ha tomado el control para armar su propia televisión. Los dispositivos de selección (control remoto, adelanto, retraso, modificación de pantalla, zoom, difisión de pantallas en ventanas, canales de guía, presentación y selección del canal mosaico para recepción simultánea, fragmentada o continua) fueron los primeros cambios registrados por la televisión en su proceso de digitalización. Hoy tenemos una ecolosión de canales, plataformas e hibridaciones. Se integra la publicidad con los contenidos; se diversifican los canales, los soportes y los intermediarios; con el apoyo de webcams y un buen ancho de banda los usuarios están realizando producciones caseras y las publican en la red bajo categorías que simulan barras de programación; los usuarios buscan interactuar más con la programación y entre sí; las fronteras entre publicidad, contenidos, creación y posicionamiento de marca se han borrado. Al cambiar las estrategias de negocio de las compañías de entretenimiento, han cambiado la naturaleza propia de la televisión y también las formas tradicionales de recepción. David Simon, ejecutivo de RecordTV.com afirmó: “Si las compañías no le ofrecen a los consumidores lo que quieren, las personas buscarán alguna forma de hacerlo por su cuenta” (La Monica, 2006e). Esta transformación de la televisión y las audiencias ha iniciado: bienvenida sea la Hipertelevisión. Una televisión que construye fuera de la misma televisión.

Referencias
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Baran, S. e Hidalgo Toledo, J. A. (2005). Comunicación masiva en Hispanoamérica. Cultura y literatura mediática. México: McGraw Hill.
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** Investigador Titular del Centro de Investigación para la Comunicación Aplicada (CICA), de la Escuela de Comunicación de la Universidad Anáhuac
[1] La televisión ha pasado por cuatro grandes revoluciones: la analógica, la digital, la interactiva/participativa y la hipermediática.